Capitulo III: El sabio

El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca.

(Immanuel Kant)

El  día de la huelga general, escuchando el programa de Herrara en la Onda, despertó en mi la necesidad de realizar una especie de regresión, como si necesitara encontrar algún referente que me ayudara a comprender lo que me estaba ocurriendo,  de repente me encontré “reviviendo”  aquellos años cuando comenzaba en la escuela del pueblo de San Mateo,. Vivíamos en este pueblecito de Cantabria porque mi padre trabajaba en los Corrales de Buelna a los cuatro años conocí a quienes serían mis primeros profesores Don Abundio y Doña Elena, que eran un matrimonio sin hijos. Ellos pacientemente me ayudaron a comprender muchas de las cosas que el mundo se encargaba por descubrirme; a medida que pasaban los días, dejándome querer me convertí en el ojo derecho de ambos, no era algo extraño. En aquellos años, las escuelas se encontraban en unos edificios singulares, que compartían la vivienda del maestro o maestra y las aulas de la escuela. Se dio la circunstancia que; los norteamericanos por los años cincuenta enviaban a la España atrasada leche y queso; yo era el encargado de entrar en la cocina y salir con la bandeja del queso junto a Doña Elena, que a su vez llevaba una perola de aluminio, (cada niño o niña llevaba su propio tanque, donde vertíamos la leche); como yo tenia dispensa para entrar, en la casa, “comía mas queso que nadie”. Recuerdo también que la tecnología existente nos obligaba a escribir con tiza en la pizarra.

Estuve en la escuela hasta que hice la primera comunión; Don Abundio quiso hablar con mi padre para poner en su conocimiento que “era una pena que, una persona como su hijo se quedara en San Mateo”, no es que fuera el mas inteligente, pero destacaba en la clase, veía que yo era uno de los que mas posibilidades tenia, ya que aprendía rápido. Dicho y hecho, esta sería una de las causas por las que mis padres decidieron trasladarse a vivir a Torrelavega. De aquellos años, guardo especial recuerdo de mi abuela, una mujer recia y de fuerte carácter, cariñosa conmigo como pocas personas lo han sido; en gratitud a todo cuanto me dio quise brindarle un reconocimiento con motivo de su ciento dos aniversario rodeada de toda su familia, fue un momento muy entrañable y del que durante toda mi vida guardaré un grato recuerdo.

Recalamos en la capital del Besaya, en mi opinión mis padres cometieron un error; bueno no se si el error o el acierto,  para mi fue el error; de enviarme a la Academia Estudios en vez de matricularme en el Instituto. Vivíamos en el pueblo de Sierra del municipio de Torrelavega, yo tenia ocho años cuando iba a clase y se me pasaron muy rápidos, a los diez años recuerdo que en el establecimiento  donde iba a realizar mis estudios había un mobiliario para niños de parvulitos y la profesora (que por cierto recuerdo que tenia un ojo de cada color) era guapísima, me pedía que enseñara a los niños, para que no la estorbaran, y ahí estaba Rufino enseñando las letras a los niños mas pequeños: la “a, la b, la c, la o, dentro de la escuela yo hacia de profesor y ayudaba a los mas pequeños a descubrir el abecedario y poco mas; sin duda sabia adaptarme rápidamente y hacerme querer por parte de mis profesores, que acababan descubriendo en mi valores que positivaban mi comportamiento.

Años después, con doce años comencé a estudiar en la matriz del Colegio, situado el centro de Torrelavega, en el primer piso, encima del Bar Central, iba a comenzar lo que entonces se llamaba “Comercio” equivalente a lo que hoy puede ser Administrativo. El ultimo año, no recuerdo el motivo, cambie de Academia y pasé a la Roser, nunca suspendí asignatura alguna. Estudiaba medio día, y por la tarde iba a ayudar a mi madre en la tienda de ultramarinos .

Ahí estaba Rufino viviendo tan feliz como se podía, hasta que un día, con quince años me cayó el primer suspenso; cuando se lo comuniqué a mi padre, me amenazó diciéndome: “te voy a dar yo a ti, te vas a enterar de lo que vale un peine”, y cumplió su amenaza -me metió a trabajar como aprendiz en un taller eléctrico-mi trabajo consistía en ir a recoger las piezas que se necesitaban en el taller, para hacerlo rápido iba en bicicleta, y después me llenaba de “grasa y de mierda”. Encantado por las tardes iba al taller y por las mañanas a la Academia, una vez mas tendría ocasión para hacerme querer. .

A los dieciséis años termine “Comercio” siendo uno de los alumnos mas jóvenes de Torrelavega en finalizar esos estudios, me ofrecieron la posibilidad de trabajar bien en Firestone, en las oficinas de la Mina o en las oficinas del Concesionario  de Seat “de la Fuente”. La mayoría de los compañeros que estudiaron conmigo continúan trabajando en la Firestone  -hoy Brigstone.

Yo no quería ir a trabajar a unas oficinas, a mi me gustaba la calle,  quería trabajar en la calle, así es que dejé el Taller Eléctrico, era el verano en el que yo cumplía los dieciséis años,  y me fui a trabajar a una Chatarrería donde todo se hacia a mano, recuperábamos la ropa, el trapo, el cartón, la chatarra, los metales, el plástico, entonces aún no se recuperaba comercialmente; así es como yo entré en este mundo del medio ambiente; bueno, en aquella época, de medio ambiente no existía la mas mínima conciencia. El cartón que se recogía era lo que dejaban en las calles los comerciantes de Torrelavega, se llevaba hasta la chatarrería y mi padre era el transportista que lo llevaba a las fábricas.

De aquella época recuerdo que aún con dieciséis años, sin carnet cogía el camión y me iba al puerto de Santander a recoger bolsas de papel que contenían leche en polvo y las llevaba hasta Torrelavega; el jefe de la empresa había separado la la recogida  del plástico de la dedicada a la recogida del papel, y  me había puesto con cuatro chavalas a mi cargo para pegar bolsas, las que primero tenia que descargar y como yo era el que controlaba, el jefe me había enseñado el proceso, primero sacábamos las bolsas de papel por un lado, las de plástico y, por otro, la leche en polvo ya que se vendía a las “granjas de chones”.

En todos los sitios en los que he trabajado siempre he tenido la opción para desarrollarlo en la forma mas eficiente, siempre me gustado desarrollar nuevos métodos de trabajo que mejoraban los procesos existentes; no creo que el dinero fuera el aliciente, no obstante, en aquella época no pensaba en el dinero; sin embargo, recuerdo que la gente que iba a trabajar a Sniace y que metía horas solo ganaba cinco pesetas por hora, yo entonces ganaba doscientas pesetas a la semana, el dinero se lo daba a mi madre, ella me lo administraba y me daba lo que  creía que correspondía a mi edad; yo estaba educado así, en mi casa el dinero lo administraba mi madre.

Escribiendo estas líneas me viene el recuerdo de mi primer salario, trabajaba en el taller eléctrico donde mi padre llevaba a arreglar el camión, comencé como aprendiz.  Mi padre me había presentado al dueño del taller con el siguiente currículo: “José Luis aquí te traigo al chaval, ¡Lo ves, no!, pues dale trabajo, pero ¡daaaale trabajo, eh! y si le ves torcido dale “dos hostias”, y no le pagues ni un duro, ¡ni un duro eh!”. El jefe  me miró, se echó a reír, “bueno vale,  vale” le respondió a mi padre y al cabo de un rato se dirigió a mi para decirme: “entras a las tres y saldrás a las nueve de la noche”.  En realidad, la hora de salida era mas flexible de lo que me había dicho mi jefe José Luis.

Vivíamos en la época del Seat “Seiscientos”, del  Renault “Cuatro cuatro”, la época de los platinos…; mi trabajo consistía en coger la bicicleta e ir a Torrelavega; donde había un tornero que encastillaba las puestas en marcha, las tapas; pues ahí estaba el bueno de Rufino carretera arriba, carretera abajo, pedaleando en la bicicleta. Había subido la cuesta millones de veces,  un sábado a las ocho de la tarde cuando después de haberme lavado como podía, al salir por la puerta me llamó el jefe y me dejó en mi mano veinticinco pesetas. Llevaba dos meses trabajando, me cago en… mira salí pitando, subía por aquella cuesta para ir a casa como si me persiguieran los diablos,  ¡Que feliz!… me pudo hacer aquella paga. Sin duda fueron las veinticinco pesetas, el salario, que  mas ilusión me ha podido hacer en toda mi vida, al menos es el recuerdo mas gratificante que guardo. Después de aquello, casi todas las semanas me daba un billete de veinticinco pesetas, mas adelante a medida que fui aprendiendo se incrementó la paga hasta las cien pesetas.

Posteriormente cuando comencé a trabajar en una Chatarrería, la gente que me conocía me preguntaba Rufino pero como puedes trabajar en ese sitio!. Claro en aquellos años, trabajar ahí era como trabajar en una empresa de mierda, al menos, es en lo que ellos estaban pensando, un chaval como yo solo debía trabajar en la Firestone, en la Fuente, en la Mina, porque eran las empresas con futuro.

Algunos pensaban que con esos comentarios me avergonzaban por haber elegido el sitio donde quería trabajar. Pero yo me sentía bien trabajando con gente mayor que yo, en la que curraba como ellos, donde acababa ganándome la confianza del jefe, que como recompensa  terminaba por nombrarme encargado y dirigiendo a mis compañeros. Me producía satisfacción el trabajo con la prensa de la empresa, ya que la manejaba yo, no mis compañeros que eran mayores que yo; eso me satisfacía enormemente. Trabajando en la chatarrería es cuando yo me encontré a mi mismo, andaba con los camiones, y siempre había momentos para descubrir nuevas cosas que me hacían sentirme útil y capaz.

De repente, me había convertido en un trabajador que llevaba el dinero a su casa y no creaba problemas, era todo cuanto se podía esperar de uno, por lo tanto era suficiente. En la casa de mis padres se hablaba de negocios, de la tienda de mi madre, del camión nuevo de mi padre, de mi trabajo. Y en la calle notaba que mientras la gente con la que me relacionaba llevaba veinticinco pesetas en el bolsillo yo disponía de cien, así que me sentía satisfecho recordando la miseria que habíamos pasado; la familia había conseguido vivir mejor. Pero sobre todo me gustaba la independencia que me ofrecía mi vida, no me gustaba sentirme atado a una estaca al suelo; por eso me gustaba la chatarrería, me daba la oportunidad de dar rienda suelta a mi creatividad, las cosas llegaban mezcladas y ahí es donde la imaginación de cada uno podía crear valor con su trabajo.

Con diecisiete años subía en camión a Reinosa para recoger las latas de galletas de la empresa Cuétara, de esas de latón que se abrían por arriba, las bajaba en el camión por las “Hoces de Barcena” y las descargaba en el almacén de la chatarrería; A veces llegaba un camión de Asturias nos traía “cascarilla de fundición”, abríamos las latas, echábamos una palada y las cerrábamos; en los fardos la metíamos por entre medio. Esta actividad tenia un nombre, se llamaba “preñar el fardo”.

Eso que hacíamos era mierda, para que aquellos fardos cogieran peso; luego había que cargarlos a mano, ¡Joder, no se si alguien sabe lo que es eso!. Yo no me quejaba, a la postre me estaban dando pie a “pensar”, ¿sabes lo que quiero decir?; me estaban enseñando a ganarme la vida a base de …pillerías. A mi aquel paisano me enseñó a ser despierto, a ver negocio donde otros solo veían basura. En aquellos momentos, nunca llegué a pensar que esas propiedades algún día fueran a formar parte de mi patrimonio.

Mi pensamiento simplemente estaba en hacer las cosas que me satisfacían; tuvieron que pasar muchos años para que se me pasara por la imaginación que un día mi futuro estuviera relacionado con este mundo.

He de reconocer que me ha gustado todo cuanto he hecho en la vida, o al menos me he entregado intensamente a lo que en cada momento me ha tocado realizar y he sabido sacarle el gusto o dar sentido a lo que he estado haciendo, eso es lo que me ha permitido disfrutar del momento. Tengo claro que cuando me subí al camión de mi padre si no me hubiera ofrecido “dos hostias”, hoy seguramente sería camionero.

No anticipaba a visualizar lo que iba a ser el día de mañana, yo sólo estaba descubriendo cosas, todo era una novedad y todo era aprender, aprender, y de repente cuando me hice mayor me encontré trabajando de oficial de primera tubero calderero.

En este sector, volvería a trabajar años mas tarde, cuando me casé, tuve una época de estabilidad y al quedar mi esposa quedó embazada del segundo hijo, comencé a trabajar nuevamente como encargado de una empresa de recogida de papel y cartón.  Cuando llegué allí, todo era un bardal, estaba “manga por hombro” tenia cinco personas trabajando, y lo puse en orden.

El propietario era hijo de un militar de alto rango, que de seguro había sido el padre quien le había montado el negocio. De lo único que se preocupaba el sujeto era de controlar la salida del camión ya que una vez cargado, con dirección a Burgos; llegaba al lugar de la descarga y se dirigía directamente a la oficina a cobrar, para después regresar directamente a Santander, con todo el dinero del negocio.

Quiero agregar también en esta parte una serie de recuerdos, pensamientos e ideas que ahora me vienen a la memoria, como un recuerdo de mi adolescencia, sigo llevando el reloj al revés en la mano izquierda, la causa se debe a que en los años setenta, cuando tenia dieciséis años los sobres “Avecrem” tenia promociones en las que regalaba cosas, vajillas, cristalerías, entre ellas llegó una en la que era un reloj. Se lo pedí a mi madre y cuando me lo regaló comprobé que tenia una cebolleta gruesa que me molestaba, entonces pensé: el reloj me gusta, pero no puedo soportar la molestia, así que decidí ponerlo al revés en la mano izquierda. Desde entonces ha mantenido esa costumbre.

Como mi vida ha sido cambiante mantener una relación de amistad resultaba difícil, reconozco que tenia mas amigas que amigos. Pero no obstante como soy una persona extrovertida cuando iba a un concierto o a una discoteca me resultaba sencillo trabar conversación con otras personas y pasar la tarde o la noche en su compañía. Amigos he tenido muy pocos, he tenido años en los que iba a lo mío y quizás en esos años mis objetivos eran otros distintos que los de tener amigos. He sido bastante independiente, ahora tengo mis amigos, pero mi familia ha sido y es el centro de mi vida.

En deportes me gustan los deportes individuales, tenis, velocidad, los deportes de riesgo, no me gustan los deportes de los que uno depende de los demás. Me gusta organizar, en cuanto a los hobbies no tengo ninguno en concreto, he sido muy conservador, por eso me gustan los coches y las motos clásicas, la velocidad, tocar el saxo, viajar…

En ocasiones pienso en que me hubiese gustado haber viajado, mas temprano, por el extranjero y haber tenido ocasión de aprender un idioma con el que comunicarme. En aquellos años que estuve recorriendo las viejas carreteras, por la que di mil vueltas a España, Franco aun no había muerto.  Entonces no existía la libertad de expresión que existe hoy, pero la gente de la calle se respetaba, yo no sabia como pensaba ideológicamente la gente, porque no se atrevían a manifestarlo públicamente, pero veía que entre las personas que me rodeaban las personas se mantenían el respeto.

En mi familia la base de la convivencia se encontraba en el respeto que unos u otros se profesaban, a pesar de que había personas de ideología dispar. Había gente franquista y gente que había vivido en el bando de la republica. Nunca vi, en mi familia, una disputa por cuestiones políticas. Pero eso no era óbice para que “todos” desearan dejar atrás un dramático pasado. En ese entorno donde vivía fui construyendo una personalidad “muy independiente, algo rebelde y gamberro, tremendamente extrovertido”, nunca tuve necesidad de exteriorizar mi descontento político públicamente, mi meta era “construirme mi futuro profesional”.

Lo mas cerca que llegué a estar de una algarabía política, tuvo lugar en una ocasión que estando en Bilbao salía de “El Corte Ingles” donde acababa de comprar una camisa verde con los anillos olímpicos que me había costado cuatro mil “pelas” del año 1973 y a la altura de la plaza elíptica de Bilbao, de repente me vi envuelto en una carga policial de los “grises”, joder que me empezaron a dar chuchazos, daban “palos” a todos, así que eche a correr, no sabía hacia donde, recuerdo que al cabo de unos minutos estaba subiendo las escaleras de un edificio aferrado a mi camisa que no quería perder. Esa fue la vez que mas cerca me he encontrado de una manifestación de carácter político; para mi lo importante era la camisa, no pensaba en la causa de la manifestación.

El hecho de que en aquellos años no tuviera inquietudes políticas, no quiere decir que me resultara indiferente, en aquellos momentos mi pensamiento se ocupaba de satisfacer las necesidades del presente. Carecía de un posicionamiento político perfectamente definido, pero no quiere decir que no tuviera mi propia ideología, la vida me ha enseñado a afrontar los momentos mas duros con entereza, me sentía afortunado ya que nunca había sucumbido a las tentaciones que ofrecían las drogas.

No soy consumidor, ni experto en sustancias relacionadas con las drogas, no obstante creo que se debería diferenciar socialmente entre los distintos tipos de drogas, según los efectos que estas producen en los individuos. Me resulta contradictorio que mientras la “heroína”, la “cocaína”, los “porros”, las “pastillas”, se prohíben; por el contrario se permite el consumo y el comercio del tabaco y del alcohol.

Si lo que se pretende con una prohibición es proteger la salud de los ciudadanos, no entiendo el comercio que existe con el tabaco y el alcohol del que todos conocemos los efectos que producen; y el coste que suponen para el Sistema Sanitario.

Cuando se prohíbe una cosa basta que esté prohibido para que resulte atractivo a una parte de la población. No habré fumado dos porros en toda mi vida, por lo tanto, no puedo hablar ni como consumidor ni como experto.

Sin embargo, mi enfoque es simplemente como espectador y ciudadano que no desea permanecer ajeno a una triste realidad para miles de jóvenes que se ven arrastrados, por la codicia de aquellos quienes juegan con sus vidas. Independientemente del estatus económico, cuanta menos preparación y cultura tiene un individuo mas facilidad dispondrá para entregarse a la droga, con esta premisa, despenalizado el consumo, con los clubes de consumidores de marihuana, el paso pendiente tiene que ser la legalización del cultivo y del comercio.

De esta manera, se eliminaría una materia prima de la zona prohibida que mas que perjudicar distraería una parte de los jóvenes de caer en ese calvario que son las drogas duras. Creo que las pastillas producen mas daño que el porro, la gente compra unas pastillas pero no tiene ni idea de lo que se está metiendo en el cuerpo. Por eso prefiero que ciertas drogas blandas sean legalizadas, a la par que los controles sanitarios se incrementarían y mejoraría la información sobre esa sustancia legalizada, lo que contribuiría a formar una opinión mas documentada entre las personas sanas y así incluso prevenir el consumo de otras mas dañinas.

Creo que cuanto mas escondas la realidad de las drogas mas difícil resultaría su control. Si no se legalizan las drogas blandas se continuaría favoreciendo que determinados grupos sigan controlando a sectores de la sociedad de forma oculta, sectores profesionales de la policía, la abogacía, la justicia, la política, el mundo de la empresa, la actividad financiera, es tanto el dinero que mueve la droga que tiene brazos muy largos.

Si la legalizas todo estaría mas controlado, habría mas transparencia y todos estaríamos informados de quienes vivían del comercio de esas sustancias. Sabremos quienes son consumidores, y en las escuelas se esforzaran mucho mas en educar mas exhaustivamente sobre las consecuencias que tienen para las personas y para la sociedad, de forma que la prevención tendría mas efectividad que en la actualidad.

Otro punto sobre el que quiero expresarme es  el aborto, no se puede obligar a las mujeres a parir a aquellas criaturas que no desean. No creo que sea mejor socialmente obligar a que la mujer tenga un ser que no desea para luego abandonarlo por la mujer y por la sociedad.

De la misma manera, quiero posicionarme respecto a la actividad profesional mas antigua que se conoce, la prostitución, también soy partidario de  su legalización. Creo que las mujeres o los hombres deben disponer de la libertad para ejercer esa actividad, en estos momentos las mafias existentes someten a la inmensa mayoría de las mujeres a las que se las explota injustamente. La legalización llevaría el que se retiraran de la calle el ejercicio de una actividad que resulta insultante y denigratoria para las propias personas que la ejercen. Además, quedaría regulada y las personas que lo ejercieran estarían inscritas en todos los registros administrativos, sujetas a unas actividades que “dignificaran” esa actividad.

Vivimos en una sociedad bastante hipócrita en la que una mayoría de ciudadanos está de acuerdo con dar libertad a la mujer para que aborte, o para quien quiera pueda ejercer la prostitución; sin embargo, como no somos capaces de decirlo públicamente, aun cuando en nuestro fuero interno seamos partidarios, quizás sea debido a que la Iglesia lo condena. Ahora bien, si la Iglesia dejara de condenarlo, seguramente que muchos de los que callan hipócritamente por el contrario aplaudirían hasta con las orejas; no creo que por manifestarse partidario del aborto a nadie se le cierren “las puertas del cielo”.

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