Capitulo V: La honradez

La Honradez es una cualidad que hay que demostrar cada día

con nuestros actos.

(Mily)

            Mi vida entro en un periodo de cierta estabilidad a partir del momento en el que conocí a la que actualmente es mi esposa. Lo que no quiere decir que eso impedía que por mi cabeza pasaran proyectos de futuro, alguno de los cuales intentaba dar forma con mis amigos en esos instantes. Entre los planes que barajábamos habíamos previsto marchar a una plataforma de extracción de petróleo en el Mar de Norte, pero cuando el proyecto estaba próximo a ponerse en marcha, otro plan de carácter personal lo desmontó, mi matrimonio, gracias al cual hoy tengo una comprensiva y cariñosa esposa que me dio tres maravillosos hijos. De mi familia son tantos y tan entrañables momentos los que guardo que algún día los dejaré plasmados para siempre en letra.

Ante las nuevas obligaciones contraídas, decidí centrarme en el ejercicio de mi profesión, ya habían transcurrido dos años desde mi regreso del servicio militar.

Dos años después de contraer matrimonio, mi inquietud en el trabajo me llevó a descubrir el mundo de la construcción y decidí contra viento y marea empezar otra vez de cero. El sector de la construcción ya se previa que tendría un halagüeño futuro así es que me aventuré en ese mundo tan apasionante. Comencé a trabajar en una obra como encofrador oficial de segunda. La empresa que me reclutó me dio la oportunidad de realizar mi trabajo cerca de donde se tomaban las decisiones, conviviendo con los cuadros directivos, facilitándome el aprendizaje para replantear las obras, sacar niveles,  interpretar los planos, etc., en fin, a convivir con los albañiles en las obras, con los oficiales de primera que trabajaban en la empresa y que me enseñaron casi todo lo que posteriormente me ayudaría a crecer profesionalmente. Un año y medio después de haber comenzado, la empresa me ofreció la posibilidad de trabajar de segundo encargado en un proyecto que consistía en construir dieciséis viviendas, tales fueron mi dedicación y esfuerzos que seis meses más tarde, la empresa, me brindó la hermosa oportunidad de ser jefe de obra.

El proyecto consistía en la construcción de un edificio de veintiocho viviendas. Esta experiencia me permitió tener a mi cargo a veintiuna personas hasta el final de la obra. Fue un buen aprendizaje lo que me sirvió como preparación para lo que después vendría en las sucesivas obras en las que tomé parte como encargado general. Una vez más me seguía sintiendo tan orgulloso de mí mismo que el cielo ya no lo tocaba, ahora sentía como que lo abrazaba. La satisfacción por el trabajo bien hecho, me sentía orgulloso de la profesionalidad de la gente que tenia a mi cargo, la seriedad con la que trabajaban, la solidaridad existente para superar las dificultades, dirigir a personas a las que veía tan cualificadas y a las que tanto respetaba me hacia sentirme como en las nubes y tocado por la varita de la fortuna.

Un día que me encontraba en una de las obras el jefe se me acercó para preguntarme si quería acompañarle a una Feria de Material para la Construcción en Dusseldorf, para mi que hasta entonces nunca había salido de España aquella propuesta me pareció una grandísima oportunidad para conocer un mundo que me resultaba desconocido; no se hizo esperar, como no podía ser otra, mi respuesta afirmativa.

El viaje para mi fue revelador, me abrió los ojos hacia un conocimiento de la existencia de nuevas herramientas y una maquinaria que me resultaban desconocidas. La visita al ferial, tuvo especial importancia la que estaba dedicada a la maquinaria relacionada con el medio ambiente, el tratamiento de los residuos solidos, conocer esos procesos me causó un impacto que no caería en saco roto.

Tan entusiasmado se me veía, tan volcado en mi trabajo que recuerdo que un día, mi jefe me dijo: “bueno ahora no creo que vayas a cambiar de trabajo ni de actividad, pues en este sector hay un gran futuro y tú eres un buen profesional”. Contrariamente a lo que aquella persona pensaba, sus palabras despertaron en mí nuevamente esa inquietud que siempre había tenido, pero que había estado ahí como esperando que se presentara la oportunidad o el momento de ser lo que tanto ansiaba. Hasta ese entonces había quedado adormecida ya que el trabajo en el sector de la construcción era tan apasionante que llegó a absorber todo mi tiempo y pensamiento, iba de reto en reto, sucesivamente se presentaban nuevas oportunidades y como me encontraba tan entusiasmado con lo que hacía, en realidad, no tenía tiempo para pensar en otras cosas.

Pasaron los meses, mi cerebro no dejaba de dar vueltas a la idea que había surgido a raíz del viaje a Dusseldorf y después de la conversación que, de alguna forma, me despertó los afanes por experimentar nuevos sueños, a finales de la década de los setenta, quiso el destino que sufriera una rotura del menisco y de ligamento anterior cruzado en la rodilla izquierda; rotura producida por la practica deportiva, actividad que  siempre ha estado presente en mi vida y por supuesto sigo practicando.

Finalmente tomé la decisión de operarme en la clínica Alba de Torrelavega; una semana en el hospital  y dos semanas de recuperación en casa, fue el tiempo que tuve para recuperarme de la lesión, y para pensar a lo que me iba a dedicar en el futuro. Lo tenia claro, quería ser: EMPRESARIO!. Esta decisión iba a suponer un nuevo cambio de actividad, un nuevo trabajo, en fin, un nuevo reto en mi vida.

En ese momento, en el que tomo la decisión mas importante de mi vida, llevábamos casados tres años, teníamos dos hijos que aún no andaban. El piso donde vivíamos era de mis padres; en el banco no había saldo, en casa teníamos guardadas doce mil quinientas pesetas, por tanto el punto de partida no era para tirar cohetes.

Como había tomado la decisión de lo que quería ser, tenia que comunicárselo a mi mujer, tenia que contarle que no iba a volver a trabajar en la construcción, y que en el futuro me iba a dedicar a otra actividad distinta. Estaba entusiasmado con la decisión que había tomado, sentía como la sangre me hervía por las venas, pero también sentía cierta sensación extraña en el estomago, era como un hormigueo que me producía cierta ansiedad.

Llegado el día de comunicárselo, en un principio, después de escucharme con gran atención a cuanto yo le decía, mi mujer no dijo nada, pero su cara, dibujó una expresión de incredulidad, o perplejidad, como si no diera crédito a cuanto estaba escuchando. Al cabo de unos minutos que se recuperó de la sorpresa que le causaron mis palabras, me preguntó: Rufino, ¿has pensado de qué vamos a vivir en lo sucesivo?, yo le respondí afirmativamente, y le añadí que me iba a dedicar a recoger cartón por la calle.  Dejé que un largo silencio como para ayudarla a madurar mi propuesta, al cabo del cual concluyó: “Estas loco”,  ¿Estas seguro de lo que vas a hacer? y nuevamente comenzó a interrogarme, como intentando desmontar mi argumentario, tenemos dos hijos y doce mil quinientas pesetas, me decía y continuaba ¿Piensas que vamos a poder atender cuantas necesidades tiene la familia?, y cuando ese dinero se haya acabado ¿de que vamos a vivir?.

Una vez mas se ponía de manifiesto que los humanos necesitamos vivir controlando nuestro futuro, ya que las incertidumbres en algunas personas generan recelo, rechazo y miedo. No era mi caso, lo tenia tan claro que era capaz de visualizar el futuro, por eso decidí  continuar con mi proyecto adelante para lo que necesitaba conseguir la confianza de mi esposa. Durante un día entero la estuve explicando lo que quería hacer, cómo lo quería hacer, me sentía tan seguro de lo que iba a emprender, que solo quería que ella tuviera tanta confianza en mí, como yo en ese proyecto que me encontraba a punto de emprender, para lo que deseaba que en su cabeza no se desarrollaran preocupaciones, dudas o pensamientos negativos; así que, la propuse que si pasado un tiempo veíamos que la experiencia no salía bien, aún estaría a tiempo para volver a trabajar en otras cosas.

A pesar de mis explicaciones, de la vehemencia que ponía en la defensa de mi proyecto, mi esposa trató de insistir una vez más y me dijo “mira a tus hijos todavía no andan, espero que sepas lo que haces”, y finalmente se entregó a mi causa y obtuve su confianza. Pasado el tiempo, en algunas ocasiones, he pensado que con otra mujer hubiese sido más difícil sino imposible dar ese cambio en mi trayectoria profesional, por ello siempre me he sentido un hombre afortunado por haber contado con su comprensión y su apoyo.

Una vez sumada mi mujer para la causa, a continuación me tocaba ir a la empresa en la que trabajaba, pero ahora iría para pedir el finiquito. En esos días, la sociedad española vivía años difíciles, quizás las cosas no estuvieran tan boyantes como años anteriores. No había tanto trabajo como para pedirle alegremente a un jefe la baja; yo lo hice, por supuesto la primera reacción fue de incredulidad, no se lo quería creer, así que tuve que insistirle, y convencerle de que la decisión estaba tomada.  Le agradecí todo lo que había hecho por mí, y le pedí comprensión ya que yo tenía una idea, una ilusión y la decisión tomada para intentarlo.

Mi jefe quería conocer la verdadera causa de mi cese, así que me preguntó que le explicara a lo qué me iba a dedicar, donde iba a trabajar, a qué empresa me iba a ir. Le tuve que explicar que no me iba a  ninguna empresa, que si me iba era para ponerme por mi cuenta y que mi intención era la de ser autónomo. Entonces me senté y le informé que mi proyecto consistía en recoger cartón con un carro de mano por la calle. Como no se esperaba una respuesta así se quedó mirándome de forma incrédula, como dudando si tomarme en serio, así que se echó a reír y me dijo que estaba como una “cabra”, que le  estaba tomando el pelo. Nuevamente, me formuló una batería de preguntas, que si lo sabía mi mujer,  le respondí afirmativamente a todo, le conté que “mi mujer lo sabe y que me había dicho que estaba loco; tú me dices que estoy como una cabra, y cuando se lo diga a mis padres igual hasta no me vuelven a hablar más en la vida”, acabé diciéndole.

Como despedida me dijo que las puertas de su empresa siempre estarían abiertas para mí, fue un gesto muy entrañable, que yo le agradecí y por el que siempre me he sentido agradecido.  Estos temas sirvieron para echar unas risas y pasar un rato entre bromas, finalizando deseándonos, mutuamente, suerte. También tengo que decir que la empresa me dio de baja por fin del contrato y me preparó los papeles para inscribirme en la oficina de empleo (INEM), por lo menos de momento recibiría catorce mil pesetas al mes.

Cuando salí de la empresa me dirigí a casa de mis padres, recuerdo que ese día, en concreto, estaba mi padre en casa, que había venido de viaje y mi madre también, ya había cerrado la tienda de ultramarinos. Era sábado al medio día. Al llegar a casa de mis padres, lo primero que me preguntaron fue por mi mujer y mis hijos, con un tono serio “impostado” les dije que estaban todos bien. Entonces, mi madre, al verme tan serio me preguntó que si pasaba algo. Yo le dije que no, que no pasa nada, ella no me quería  creer e insistía en que “te pasa algo que no me quieres contar”. La verdad es que de  emocionado que estaba deseaba tratar el tema con mis padres de una forma desinhibida, por eso comencé con cierta actitud de cachondeo, tratando de confundirles, pero a medida que iba transcurriendo la conversación pensé: “ahora, ¿cómo les cuento a mis padres que he pedido el finiquito en la empresa, y que me voy a dedicar a recoger cartones por la calle con un carro?. Mi pensamiento me respondía: “Seguro que mi madre me da con la sartén en la cabeza”, así que, opté por no decir nada, de momento. Decidí cambiar la conversación para ganar tiempo y buscar otra vía de entrada, así que aproveché para llamar por teléfono a mi casa y decirle a mi esposa que no me esperara ya que me quedaría a comer con mis padres.

Durante la comida hablamos de todo un poco, de la situación del transporte, que era el trabajo de mi padre, del comercio en general y en especial de la tienda de mi madre y sobre todo, de los hijos y los nietos. Cuando llegó la hora del café, decidí que había llegado el momento de contarles la decisión que había tomado. Comencé de la siguiente manera: “Papá, mamá, acabo de pedir la cuenta en la empresa donde trabajaba y el lunes  me inscribiré como demandante de empleo en la oficina del INEM y el mismo lunes empezaré a recoger cartones por la calle con un carro”; así de golpe, de un tirón brotaron las palabras por mis labios. Hubo un laaargo silencio, unas miradas extrañas y como no veía reacción alguna, ni buena, ni mala, acabé por preguntar: “bueno, me queréis decir lo qué os parece”. Mi madre me respondió con otra pregunta: ¿lo sabe tu mujer?; y mi padre, mantuvo silencio, pero como para liberar la tensión interior que le había producido mi declaración se echó reír; reacción que sin duda no gustó a mi madre que mirándole fijamente le espetó  “no sé de qué te ríes, yo no le veo la gracia”.

Lo que estaba viviendo con mis padres, lo recuerdo como si acabara de tener lugar hace unas horas; a pesar de ello no deja de sorprenderme que aún posea el recuerdo del reloj de la cocina que marcaba en ese momento las cuatro y cuarto de la tarde; quizás fuera porque en ese instante se me pasaba por la cabeza un pensamiento es una hora buena para una de dos cosas, o me marchaba, o comenzaba a explicarlo todo. Opté por hablar para tranquilizar a mi madre, soltamos unos chascarrillos y unas risas con mi padre, y por fin ya mas relajados comencé a explicarles todo cuanto tenia previsto llevar a cabo, a dónde quería llegar, cómo pretendía hacerlo, cuál era mi meta.

Después de  escucharme y a pesar de haberme expresado con toda vehemencia y entusiasmo hacia mi proyecto; mi madre me repetía una y otra vez: “estas como una cabra”,  “estas loco”. Recuerdo una frase con la que luego nos hemos reído mucho, refiriéndose a mis hijos, decía “Dios mío, qué va a ser de esas criaturitas?”.  Por el contrario, mi padre estaba más tranquilo, me miraba y me guiñaba un ojo, como para darme confianza. Mas tarde pensando y reviviendo esos momentos comprendo que cualquier madre hubiese actuado igual que la mía. El caso es que continuamos con la charla y de repente sonó el timbre del teléfono,  era Lola mi mujer que llamaba para preguntar si yo estaba allí y si pensaba ir a cenar a casa. Recuerdo haber girado la cabeza hacia donde se encontraba el reloj, marcaba las once y diez de la noche.

Me había pasado toda una tarde en casa de mis padres, para convencerles de la viabilidad de mi proyecto, deseaba que creyeran en él tanto como podían creer en mi y, cuando estaba convencido de haberlo conseguido, me despedí de ellos para dirigirme hacia mi casa. De camino, ya en el coche, repasaba en mi cerebro lo que habíamos hablado durante las siete horas que había permanecido junto a mis padres; “creo que podía haber estado toda la noche, todo el tiempo del mundo” hablando de mi futuro, me decía a mi mismo.  Nunca me había sentido tan ilusionado con un proyecto; por fin tenia la bendición de todos aquellos que me querían, tenia todo el camino por delante para iniciar el Gran Proyecto de Mi Vida y sentía que el viento soplaba en mi favor. ¿Qué mas podía pedir?.

Llegó el lunes, como estaba previsto comencé a, recorrer las calles de Torrelavega, tirando de un carro de mano que había tomado prestado de la empresa a la que le vendería el cartón. En aquella época, había muchas personas ganándose la vida  recogiendo el cartón por la calle, así que tuve que idear una estrategia para ser mas eficiente que los demás. Decidí madrugar más, y por las tardes estaría en la calle mas tiempo que ellos, si los comercios cerraban de ocho a ocho y media, les comuniqué que les recogería el cartón después del cierre; así es como poco a poco fui haciendo mi propia  clientela. Creo que era la forma mas “inteligente” de trabajar; digo inteligente porque todos los pasos que daba eran consecuencia de una reflexión previa a partir de la observación y de la información que obtenía para procesarla, posteriormente, en mi cerebro, y así iba tomando pequeñas decisiones que cada día me ayudaban a hacerme “mejor profesional” que los otros recogedores de cartón.

Había transcurrido un mes cuando el dueño de la empresa a la que le vendía el cartón me dijo: “te voy a proponer un negocio”. Yo le contesté entre escéptico y confiado: “bueno, explícamelo a ver si me interesa”.  “A ver Rufino, yo compro un camión, un Avia de tres mil quinientos kilogramos de segunda mano, el que ya tengo ojeado, tú lo conduces y recoges cartón por toda la provincia, los gastos a medias y los beneficios también a medias”, ¿qué te parece?, me preguntó. En ese momento, mi cuerpo se me salía por la camisa, y para no exteriorizar mi emoción, decidí responderle con otra pregunta: ¿cuándo estará aquí el camión?, para mi sorpresa me contestó: “mañana”, hacemos la transferencia, contratamos el seguro y pasado mañana te lo puedes llevar”. No había mas que decir, nos dimos un apretón de manos y solo pude decirle “de acuerdo”. Unos minutos después le pedí una cosa, hacer las cuentas los sábados para que me pagara todo lo que me correspondiera, no hay problemas me dijo.  Así, un mes después de haber comenzado dejé el carro de mano que guardaría conmigo, durante veinte años, hasta que alguien todavía no sé quién, lo tiró para el achatarramiento.

En Torrelavega existían tres empresas que se dedicaban a la compra y venta de cartón, trapos, chatarra, metales. Entonces aún no se comercializaba el plástico.  Con mi Avia iba recogiendo cartón por toda la provincia haciendo proveedores fieles, me había hecho unas tarjetas y los proveedores comenzaron a llamar a casa. En aquellos años, los teléfonos móviles no se comercializaban, así que mi esposa se convirtió en mi secretaria.

Los meses transcurrieron rápidamente, trabajaba mas que nunca, los frutos de mi trabajo no se hacían esperar; pero cuando descansaba, mi cerebro estaba ocupado en procesar un pensamiento que acabó convertirse en una obsesión. Comencé a preguntarme una y otra vez: ¿Qué hago trabajando para otro?. ¿No lo he dejado todo por tener mi propio proyecto?. Dentro de mi proyecto personal, no tenia contemplado volver a trabajar para otro y menos a medias, entonces, ¿que estoy haciendo?; así es que un día me levanté con una decisión tomada: “me establezco por mi cuenta”. Para llevar a termino esta etapa, nuevamente me veía obligado a dar un disgusto a mi mujer y a mis padres. Había llegado el momento de convertirme en empresario de verdad!. Fue el lunes uno de agosto de mil novecientos ochenta y tres, cuando levanté el portón de entrada de una nave de cuatrocientos metros cuadrados situada en el polígono La Mies del pueblo de Requejada, en el término municipal de Polanco (Cantabria). Por patrimonio disponía de un camión Avia, de una prensa muy vieja y una carretilla, y lo más importante toneladas de orgullo e ilusión para repartir entre mis clientes y proveedores.

Como todo proyecto empresarial precisaba de la financiación para hacer frente a la inversión requerida para la adquisición de la mitad del camión Avia y los demás gastos que debía afrontar para poner el proyecto en marcha. Pedí mi primer préstamo en la Caja Cantabria de la Llama de Torrelavega, el Director de la Oficina, el “señor Fernando”, como yo le llamaba, me comunicó el visto bueno a la solicitud del crédito que le había formulado, ojo! al veintiuno por ciento de nominal, el requisito exigido era aportar fiadores. En la notaria, el día señalado, nos presentamos ocho personas contando a mi mujer y a mi y todo para firmar un crédito que ascendía a un millón de las antiguas pesetas.

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